EL OTRO DE LA EPOCA / DIOS / CIENCIA / CAPITALISMO
EL OTRO DE LA EPOCA / DIOS / CIENCIA / CAPITALISMO
5/8/20266 min leer
EL OTRO DE LA EPOCA / DIOS / CIENCIA / CAPITALISMO
Este texto parte de la necesidad de explicitar el lugar de Dios en la obra lacaniana. Este lugar mantiene una correlación con el Yo. En el Seminario 3, Jacques Lacan lo ubica como una instancia necesaria para sostener el lugar de la enunciación y de la alteridad. En este punto puede situarse la fórmula “Tú eres el que me seguirá”, en tanto la constitución del sujeto requiere la sanción de un Otro que garantice la continuidad de la palabra y su dirección. Esto se debe a que la palabra no se sostiene únicamente en quien habla, sino en la suposición de un destinatario capaz de reconocerla, responderla e inscribirla en una cadena simbólica. Sin esa referencia al Otro, la enunciación pierde su orientación y queda reducida a una emisión sin garantía de sentido ni continuidad.
En Occidente, este Otro encuentra uno de sus soportes fundamentales en la figura de Dios tal como aparece en el Antiguo Testamento, particularmente en la escena de la zarza ardiente. Allí, ante la pregunta de Moisés por el nombre de quien le habla, la respuesta es “Yo soy el que soy”. La importancia de esta fórmula reside en que el lugar de la enunciación coincide plenamente con aquello que se enuncia: Dios se presenta como fundamento autosuficiente de su propia palabra. De este modo, la escena instituye un punto de garantía simbólica absoluta, donde la palabra obtiene consistencia no por referencia a otra instancia, sino por sostenerse en la autoridad misma del Otro que habla.
Este Otro es clásicamente un lugar que posee propiedades de garantía, aun cuando para Jacques Lacan no exista metalenguaje. Es decir, no hay un significante último capaz de cerrar definitivamente el sistema simbólico ni una instancia exterior al lenguaje que pueda garantizarlo de manera absoluta. Sin embargo, la neurosis opera muchas veces suponiendo esa garantía. El sujeto atribuye al Otro una consistencia y un saber que permitirían estabilizar el sentido, ordenar la experiencia y sostener la dirección de la palabra.
La paradoja reside en que este Otro funciona como garante precisamente en la medida en que su falta estructural permanece velada. De allí que las formaciones neuróticas puedan entenderse como intentos de sostener la creencia en un Otro consistente, aun cuando la teoría lacaniana introduzca que ese lugar está atravesado por una imposibilidad constitutiva.
La afirmación “no hay metalenguaje” introduce entonces una torsión decisiva. El Otro es necesario para sostener la enunciación, pero ese Otro no puede garantizarse a sí mismo de manera definitiva. Incluso la fórmula bíblica “Yo soy el que soy”, en la escena de la zarza ardiente, puede leerse como un intento de suturar esa imposibilidad mediante una enunciación que pretende fundarse a sí misma. Allí donde no existe garantía última del lenguaje, emerge la necesidad de un significante que opere como soporte de autoridad y consistencia simbólica.
Como no existe una garantía última del lenguaje, la ciencia moderna opera mediante una exclusión progresiva de la dimensión subjetiva de la enunciación. El discurso científico busca producir enunciados válidos independientemente de quien habla, forcluyendo al sujeto como condición de su formalización. De este modo, aquello que en la tradición religiosa ocupaba el lugar de garantía simbólica es reemplazado por sistemas de validación técnicos, matemáticos y empíricos que prescinden de la pregunta por el deseo y por la verdad subjetiva.
Jacques Lacan ya advertía en los años setenta que este movimiento tenía consecuencias sobre la función paterna. La declinación del Nombre-del-Padre no implica simplemente la caída de la autoridad tradicional, sino la pérdida de eficacia de aquellos significantes capaces de ordenar la experiencia subjetiva y regular el goce. Allí donde el Otro deja de presentarse como consistente, el sujeto queda más directamente confrontado con la falta de garantía estructural del lenguaje.
En este contexto, la neurosis clásica comienza a modificarse. El conflicto con la autoridad, la culpa o la represión ceden parcialmente lugar a fenómenos donde predomina la desorientación, la fragilidad identificatoria y la dificultad para inscribir el deseo en coordenadas simbólicas estables
En “Comités de ética”, Jacques-Alain Miller esboza la emergencia de un Otro de la época con características diferentes a las del Otro clásico. Ya no se trata de un Otro consistente, organizado alrededor de la prohibición, la autoridad o la garantía simbólica, sino de un Otro atravesado por la lógica de la ciencia y del mercado, que empuja al sujeto hacia una relación más inmediata con lo real.
Este desplazamiento modifica la economía subjetiva. Si el Otro tradicional introducía mediaciones simbólicas que delimitaban el acceso al goce, el Otro contemporáneo tiende a erosionar esos límites. La caída de las referencias estables y la declinación de la función paterna producen una transformación en el modo en que el sujeto se relaciona con la falta y con el objeto.
En términos lacanianos, esto implica también una modificación del contorno del vacío que rodea al objeto a. El vacío ya no aparece recubierto del mismo modo por las ficciones simbólicas clásicas. El objeto adquiere una presencia más inmediata, menos velada por la dialéctica del deseo y más cercana a formas de satisfacción directa promovidas por el discurso contemporáneo. De allí que muchas presentaciones clínicas actuales no se organicen prioritariamente alrededor del conflicto neurótico clásico, sino alrededor de fenómenos de exceso, compulsión, consumo o dificultades en la regulación del goce.
El sujeto de la ciencia supone todavía una mutación adicional. La actualidad configura un Otro en el cual la posibilidad de producir una excepción mediante significantes amo se encuentra crecientemente dificultada. La proliferación constante de datos, información y estímulos invade la esfera subjetiva de los seres hablantes, erosionando la eficacia de aquellos significantes capaces de organizar jerárquicamente la experiencia.
Mientras el significante amo operaba introduciendo cortes, orientaciones y puntos de detención del sentido, el discurso contemporáneo tiende a una circulación continua y horizontalizada de información. El sujeto queda entonces menos referido a una ley simbólica estable y más expuesto a una multiplicidad de enunciados sin centro ordenador claro.
Esto produce una transformación en la relación con el Otro. Ya no predomina un Otro consistente que guarda un saber supuesto, sino un Otro saturado de datos, pero carente de garantía. La consecuencia subjetiva no es únicamente la caída de la autoridad tradicional, sino también la dificultad para constituir puntos de excepción capaces de ordenar el goce y delimitar un vacío estructurante alrededor del objeto a.
En este sentido, la invasión contemporánea de información no reduce la angustia, sino que muchas veces la intensifica. La ausencia de corte y de jerarquización simbólica confronta al sujeto con una proximidad mayor a lo real, debilitando las mediaciones que anteriormente permitían metabolizar el deseo y la falta.
Las presentaciones clínicas contemporáneas dan cuenta de estas transformaciones. La llamada “clínica del vacío” en Massimo Recalcati permite pensar formas de padecimiento ligadas a satisfacciones sustitutivas caracterizadas por la inmediatez y la desconexión respecto de la enunciación subjetiva.
En estos casos, el sujeto no se encuentra necesariamente atravesado por el conflicto neurótico clásico ni por la pregunta dirigida al Otro, sino más bien capturado en circuitos de satisfacción que tienden a obturar la falta de manera inmediata. Consumo, compulsiones, adicciones, hiperconectividad o ciertas modalidades alimentarias pueden funcionar como intentos de colmar el vacío sin mediación simbólica suficiente.
La consecuencia es una separación progresiva entre el sujeto y su propia enunciación. Allí donde la palabra suponía un trabajo de articulación con el deseo y con la falta, la satisfacción inmediata reduce el tiempo lógico necesario para que el sujeto pueda reconocerse en lo que dice. El padecimiento ya no se organiza exclusivamente alrededor de la represión, sino también alrededor de fenómenos de desvinculación subjetiva, apatía, vacío identitario o imposibilidad de construir una narrativa singular sobre el propio malestar.
Nieves Soria propone la inexistencia del Nombre del Padre como una vía para pensar fenómenos clínicos que exceden el binarismo clásico neurosis/psicosis y también ciertas perspectivas continuistas entre ambas estructuras. Su planteo intenta dar cuenta de formas de padecimiento contemporáneo donde la referencia a un significante ordenador estable ya no resulta suficiente para explicar los modos de anudamiento subjetivo.
En este contexto, la inexistencia del Nombre del Padre no debe entenderse simplemente como ausencia de autoridad, sino como la imposibilidad de sostener un significante excepcional capaz de garantizar el orden simbólico de manera universal. Esto se articula con las transformaciones del Otro contemporáneo: un Otro inconsistente, saturado de información y con dificultades crecientes para operar mediante puntos de excepción.
La clínica actual muestra entonces sujetos que pueden no presentar fenómenos psicóticos clásicos, pero tampoco organizarse según las coordenadas tradicionales de la neurosis. Aparecen modos de padecimiento ligados a la fragmentación identificatoria, la desvinculación respecto de la enunciación, la precariedad de los lazos simbólicos y formas de regulación del goce apoyadas más en objetos o dispositivos que en construcciones fantasmáticas estables.
Desde esta perspectiva, la pregunta clínica ya no se reduce únicamente a la presencia o ausencia del Nombre del Padre como operador estructural, sino a los modos singulares mediante los cuales cada sujeto logra producir algún tipo de anudamiento frente a la inexistencia de una garantía última del Otro.
